lunes, 23 de febrero de 2015

Capítulo 14

Peter
Había decidido pasar de Lali, y de hecho lo logré durante un par de días.
Pero cuando el jueves aparecí en el pasillo del instituto y la vi apoyada contra la pared
hablando con Giulio, me entraron ganas de…
Me acerqué hasta ellos caminando lentamente mientras me fijaba en sus
piernas. Esa vez, las medias le ocultaban las rodillas y hacían más espectacular el inicio
de sus muslos. Lástima que aquella puñetera falda tapara lo más interesante.
Suspiré. Aquella niñata se había propuesto amargarme la vida llevando el
uniforme de aquel modo. Se atusó la coleta alta que llevaba y me miró fijamente.
Me apoyé justo a su lado, hombro con hombro.
—Dice mucho de ti que la primera semana de clase ya estés coqueteando —
sonreí, desviando la mirada hacia su pecho.
Me humedecí los labios, expectante por la contestación. Si algo sabía hacer
Lali —aparte de ponerme muy, pero que muy cachondo— era ser ingeniosa a la
hora de hablar.
—¿Qué intentas decirme? —preguntó entre dientes girándose hasta que su
frente topó casi con la mía.
Dios, estábamos muy cerca. Sonreí. Dijera lo que dijera, ya había logrado captar
su atención y apartar a Giulio de ella.
—Que te pueden confundir con una chica… fácil. Pero, vaya, si lo eres, no
tienes por qué preocuparte.
—¡Serás capullo! —exclamó antes de lanzarse sobre mí para agarrarme del
cuello.
La esquivé cogiendo sus brazos y girándola. Su espalda topó con fuerza contra
mi pecho y los dos nos estampamos contra la pared.
—¡Suéltame! —gritó mientras los otros alumnos se iban agolpando a nuestro
alrededor.
—Eres un poco histérica —le susurré al oído. La solté en cuanto vi al señor
Petrucci, el profesor de matemáticas.
—¿Qué es lo que está ocurriendo aquí?
—Este niñato me ha insultado delante de todo el mundo. ¡Me ha llamado chica
fácil! —dijo sin poder contener su desconcierto.
No era momento de explicarle por qué lo había hecho. Quizá algún día tuviera
ocasión de hacerlo, pero Giulio ya no se volvería a acercar a ella.
—Los dos al despacho, ahora.
—¡Pero yo no he hecho nada! —protestó.
—¡He dicho ahora, señorita Espósito! —repitió el profesor Petrucci—. Y en
silencio. Los demás, a clase.
Lo siento por estos dias pero estoy muy liada.El jueves hay maratón

miércoles, 18 de febrero de 2015

Capitulo 13

Lali
—¡¿En qué estás pensando?! ¡Tenías espacio suficiente para esquivarme, 
imbécil! —le grité.
Con furia, tiré al suelo el vaso de cartón. El poco líquido que quedaba terminó 
en nuestros zapatos. Él echó a caminar como si nada. Ni siquiera hizo el intento de 
disculparse.
Avancé dando zancadas y le cogí del hombro obligándole a darse la vuelta. Se 
giró con pose arrogante, solo que esta vez frunció el ceño y los labios. Estaba molesto. 
Con un gesto déspota, se retiró dejando mi mano en el aire. Por primera vez en mi vida 
me vencía la sensación de inferioridad. Media cafetería observaba expectante.
—¿Es que ni siquiera piensas pedir perdón? —pregunté, inventándome una 
seguridad que no existía. Él suspiró y comenzó a negar con la cabeza, lentamente.
—Dudo que lo merezcas —contestó con una voz grave.
Pestañeé varias veces mientras digería lo que acababa de escuchar. Aquel tío 

dejaba de ser un imbécil para convertirse en el capullo más grande que había conocido.
—No solo te falta inteligencia sino también vergüenza —espeté, sabiendo que 
eso terminaría de crisparle los nervios.
Apretó la mandíbula y acortó la poca distancia que nos mantenía separados con 
un decidido paso.
—Si no te hubieras interpuesto en mi camino, ahora no estarías aquí esperando 
una disculpa —susurró pegado a mi mejilla y totalmente irritado—. Créeme, no voy a 
dártela. —Su nariz rozó mi mandíbula.
—¿Crees que me acobardas con esa fachada de tipo duro, chulo y descarado? 
Pues te equivocas —le dije con voz contenida.
—Lo único que sé es que eres una jodida jaqueca.
¿Acababa de llamarme jaqueca? Será capullo. Me cago en…
—¿Cómo dices? —Casi me sale un tartamudeo.
—Te lo diré de otra forma. Estás comenzando a provocarme dolor de cabeza 
me habló como si fuera una niña de tres años.
—No lo tendrías si no hubieras metido tus narices en esta mesa —casi grité.
Candela me cogió del brazo y me arrastró condescendiente.
—Para ya, Peter —le dijo.
Este suspiró, le sonrió y le guiñó un ojo. No comprendía cómo demonios Candela lograba llevarse así de bien con él.
Volví a clase.
Cuando escuché el último timbre del día, recogí mis cosas aprisa y salí del 
aula. No quería hablar más con Peter, así que mejor evitar la ocasión. Candela me 
siguió arrastrando su cartera a medio cerrar.
—¡Espera! —exclamó alcanzándome—. Chica, ¡qué prisas!
—No quiero tener que volver a cruzarme con Peter.
—Vamos, tranquila, Peter no es tan capullo como crees.
Puse los ojos en blanco.
—Será contigo. Cada vez que me ve intenta fastidiarme y eso me incomoda, 
¿sabes? Es muy difícil estar cerca de él. Ya ni te cuento si se sienta a tu lado.
Candela se quedó pensativa mientras bajábamos las escaleras. No vi a Martina ni a Luca; seguramente ya estarían abajo.
—Lo extraño de todo esto es que nunca se había comportado así con una chica 
—comentó Candela, como si siguiera una conversación con ella misma—. Él no se anda con rodeos. Si le gusta alguien, se lo dice y después… bueno después…
—Después se la lleva a la cama, ¿no es así? —terminé por ella—. Supongo que 
ni siquiera hay primera cita.
—Con Peter las cosas no funcionan así. Él es diferente. No se compromete. 
Nunca ha tenido novia y tampoco quiere tenerla. Eso lo saben todas las chicas del 
instituto.
La miré incrédula. En realidad, no terminaba de comprenderla.
—Vale, y ¿qué me quieres decir con eso?
—Pues que es raro que Peter te esté molestando. Él pasa de esas cosas. —
Candela frunció el ceño.
¿Qué pretendía decirme? ¿Qué excepción estaba haciendo Peter conmigo?
—¿Crees que trama algo? —pregunté.
—Es capaz de cualquier cosa, así que no me extrañaría. —Entrecerró los ojos—. 
Está claro que tú eres diferente, Lali.
—¿Diferente? —Arqueé una ceja antes de que se acercara a mí con una sonrisa 
pícara.
—Sí… —Me miró pensativa y tomó aire antes de hablar—. Mira, Lali, conozco a Peter mejor que a mi hermano. Sé de sus rollos, de sus peleas, de sus problemas… Lo sé todo de él y de sus amigos porque también son los míos desde hace mucho tiempo. Son mis mejores amigos, él es mi mejor amigo, pero no tengo ni la menor idea de por qué se está comportando así contigo.
Desvié la mirada, indecisa. No conocía a Candela, pero me daba la sensación de 
que se estaba enfadando conmigo y eso era lo último que quería. Yo solo necesitaba 
saber por qué Peter actuaba de este modo.
—Lo siento, Cande. No quería importunarte.
—Pero ¿qué dices? No estoy enfadada. Dios, perdóname si te he dado esa sensación, no era mi intención. —Me agarró del brazo antes de darme un beso—. Solo 
intentaba decirte que no se me ocurre ningún motivo para que Peter se comporte 
así.
—Me dejas más tranquila.
—A menos que…
—¿Qué?
La sonrisita juguetona de Candela me desquició. Me daba a entender muchas 

cosas, pero ninguna de ellas me concretaba nada.
—Te diré una cosa y espero que no te moleste. —Humedeció sus labios—. Eres 
exactamente igual que él, pero en versión femenina y algo menos chula.
«¿Iguales? Joder, lo que me faltaba, parecerme a ese capullo», pensé.
—¡Venga ya! —le dije.
Candela soltó una carcajada. Ni siquiera me había dado cuenta de que habíamos 
llegado a la entrada del colegio. Bajé las escaleras y salí al patio exterior donde me 
despedí de mis amigas. Martina continuaba seria, pero prefería esperar a llamarla para 
hablar con tranquilidad. Le guiñé un ojo antes de ver a Benjamin apoyado en su 
impecable Aston Martin verde oscuro. Iba vestido con unos vaqueros y un polo blanco 
que marcaba cada músculo de su cuerpo.
Pestañeé sorprendida cuando mi prima pasó por mi lado.
—¡Que tierno! Benja ha venido a recogerte —dijo poniendo aquella estúpida voz de niñata—. Es una pena que no sepas complacerle.
La miré y forcé una sonrisa.
—¡Qué lástima! Me prefiere a mí en vez de a ti. Así que algo tendré que le complazca, ¿no crees?
Me marché caminando con paso firme. Euge vivía enamorada de Benjamín desde hacía unos años, pero, por lo que sabía, no había logrado nada con él. Así que mi comentario le tenía que haber hecho daño. «Te aguantas», pensé.
Mientras me acercaba a Benjamín vi a Peter al final del jardín. Hablaba 
con Nicoo y Yeyo (Vico se había ido con Candela en la moto). De repente, miró hacia mí sin dejar de hablar. Estaba lejos, pero no tanto como para no ver su mirada intensa y 
acusadora. Suspiró y se quitó la chaqueta del uniforme con cierta furia. Para él, un 
ademán típico, para mí, un gesto de lo más excitante. La cintura del pantalón se le 
ceñía a la cadera y marcaba sus piernas.
¿Por qué demonios estaba tan bueno?
Llegué al Aston Martin, donde Benjamin me esperaba con una encantadora 
sonrisa.
—¡Hola! ¿Como tú por aquí? —dije mientras él me cogía de la cintura y me 
daba un abrazo más típico entre las parejas de enamorados que entre amigos.
Además, nosotros solo éramos conocidos. Apenas habíamos tenido trato y 
Benja ya se tomaba ciertas confianzas.
Pude ver de soslayo cómo Peter se mordía el labio. Ahora le tenía más cerca y algo me dijo que no le sentaba demasiado bien que estuviera en brazos de Benja, así que decidí alargar el momento.
Solté la cartera en el suelo y estiré lentamente mis brazos hasta rodear el cuello de Benjamín. Cerré los ojos cuando me besó en el cuello. Le sonreí cuando los abrí.
—Quería darte una sorpresa. ¿Te apetece que comamos juntos? —me propuso, 
resistiéndose a soltarme.
Peter había desaparecido de mi campo de visión.
Ya era demasiado tarde para volver atrás, así que no me quedó más remedio 
que aceptar la invitación. No quería intimar con Benja, pero después de haberle 
utilizado me sentí en el compromiso de acceder.
Me monté en el coche y bajé la ventanilla. Benja arrancó el motor. La 
música de su reproductor saltó donde la había dejado antes de detener el vehículo. 
Sonaba una de las canciones del nuevo disco de Shakira: Rabiosa.
Alcé las cejas, incrédula.
—¿Te gusta Shakira? —pregunté.
—No más que tú.
Perfecto. Tuve que girar la cara para que no percibiera lo poco que me había 
gustado el comentario.
Antes de dejar la calle, escuché el rugido de un motor inconfundible: Bugatti 
Veyron. No sé cómo lo supe, pero estaba segura de que al volante de esa maravilla se 
hallaba Peter.
Así fue. Se colocó justo a mi lado haciendo gala una vez más de aquella mirada, 
tan bonita como inescrutable. Tenía una mano sobre el volante y la otra en la 
ventanilla. Un cigarrillo colgaba de sus labios.
—¡Rabiosa! —exclamó mientras echaba la cabeza hacia atrás y empezaba a 
mover los hombros de un lado al otro. Ni siquiera el cachondeo restaba sensualidad a 
sus movimientos, perfectamente acompasados con la melodía—. Dime, Lali, ¿me morderías la boca?
Un extraño resquemor a medio camino entre el odio y la excitación me recorrió 
el cuerpo. Le miré encolerizada.
—Tendrás que descubrirlo tú mismo.
¡Dios! Si le odiaba, ¿por qué no podía evitar imaginar esa situación? Sí que le 
mordería la boca, sí…, entre otras muchas cosas.
«Estás loca. Esto no puede ser. Mándalo a la mierda. Es un imbécil», me decía a 
mí misma tratando de hacer entrar en razón a mis pensamientos.
Nico comenzó a aullar y levantó su puño con el pulgar hacia arriba. Iba sentado al lado de Peter y mostraba la misma chulería que su primo.
—Benja, deberías acostumbrarte a saludar, ¿no crees? —dijo Peter.
Benja se echó para adelante y le lanzó una mirada iracunda. Peter siguió mofándose. Ya había oído dos se odiaban, pero no me imaginé que uno de sus piques me pillaría a mí en medio.
—Lo que creo es que va siendo hora de que te acostumbres, Peter.
Peter apretó el acelerador retando a Benja a una carrera. Al menos eso 
parecía. Benjamin le imitó. Le miré con los ojos abiertos de par en par. La risa de 
Nico llegaba clara. Al parecer, él sabía quién iba a ganar: confiaba en su primo y en 
aquel pedazo de coche.
—Ni se te ocurra, Benjamín —dije algo timorata. Eran coches muy potentes y 
una calle muy estrecha.
—Haznos un favor a los dos y ¡cállate! —gritó acelerando.
No me dio tiempo a enfadarme por el comentario. Me estampé contra el asiento 
antes de ver cómo Peter nos adelantaba magistralmente y salía disparado.
Benjamín tuvo que frenar y comenzó a maldecir una y otra vez mientras el 
Bugatti negro se perdía rugiendo como solo él podía hacerlo.
Sonreí en mi fuero interno. Sin saber muy bien por qué, me alegraba de que 

Peter ganara aquella extraña competición.

Capitulo 12

Lali
Tomé asiento en la cafetería con un café entre las manos. Me había reunido con 
mis amigos y esperaba que los treinta minutos de recreo me sirvieran para calmarme. 
Peter había estado jodiéndome las tres primeras horas y mucho me temía que 
insistiría en las tres próximas.
Saqué mis apuntes de química y comencé a realizar unas fórmulas.
—Me parece increíble. Peter nunca se sienta con nadie que no sea Nico 
—dijo Luca risueño.
Al parecer, sus otros amigotes iban a otra clase. Intenté no distraerme con la 
conversación… pero no lo logré.
—Bueno, Lali, ¿qué pensaste cuando reconociste que era el «loco» del taxi? 
—añadió Luca provocando las risas de mis amigas.
Resoplé poniendo los ojos en blanco, pero de inmediato me quedé petrificada. 
Por encima del hombro de Martina vi cómo Peter y sus amigos se acercaban con 
decisión. Pensé que pasarían de largo, pero Peter cogió una silla de una mesa cercana y la colocó justo a mi lado. Tomó asiento de la manera más condenadamente sexy que había visto en mi vida. Apoyó sus codos sobre las rodillas entreabiertas y me 
contempló con el gesto torcido. Todo en él me provocaba; y fui consciente de que si me 
quedaba mirándole demasiado tiempo, corría el riesgo de perder la cabeza.
Saludó a los demás dedicándoles su mejor sonrisa, que terminó cuando me 
miró a mí. Su primo, Nico, prácticamente se vio obligado a sentarse al lado de Martina, 
pero ella fingió no prestarle atención; se estaba haciendo la ofendida. Un muchacho 
alto y fornido acarició el cuello de Candela haciendo que esta se estremeciera y cerrara 
los ojos. Cuando el chico tomó asiento, se observaron: se estaban diciendo millones de 
cosas sin que nadie pudiera escucharles. Se percibía que allí había algo más que 
amistad.
El muchacho rapero y delgado fue el que mejor me cayó a simple vista. Parecía 
alegre y no pude evitar pensar cómo podía ser amigo de Peter alguien así. Se 
acercó hasta mí.

—¡Lali! —exclamó, dándome un fuerte beso en la mejilla.
Me dejó descolocada.
—Soy Yeyo. ¿No te acuerdas? Una vez te hice un dibujo de Sailor Moon —
añadió provocando la sonrisa de Peter.
Aparté un momento la vista de Stefano para fulminar a Peter con la mirada. 
Él alzó las manos negando con la cabeza; como si me tuviera miedo y se protegiera. 
Seguía burlándose de mí.
Volví a Stefano. Me acordé de aquel muchacho. Era el menor de los Albori, una 
familia que también veraneaba con nosotros. Él y yo siempre estábamos dibujando… 
cuando Nico y el puñetero Peter no nos molestaban.
—Hola, Stefano —dije dándole un pequeño abrazo.
También reconocí al joven fornido. Era el mediano de los D'Alessandro y se llamaba 
Vico. Este alargó su mano y me cogió suavemente de la mejilla.
—Yo soy Vico. —Me besó—. Me alegro de que estés de vuelta.
—Gracias. Es agradable recibir algo de cortesía después del día que llevó —dije 
mirando con el rabillo del ojo a Peter.
Suspiró y su rodilla topó con la mía. Intenté que no se notara mi sobresalto.
—Tampoco seas tan dramática —dijo apoyándose en la mesa—. ¿Sabéis que 
aquí, nuestra nueva compañera, tiene matrículas de honor y todo sobresaliente? ¡No sabe lo que es un notable! —Puso cara de fingido asombro.
Vico, Yeyo y Luca me observaron curiosos. Martina lo sabía de sobra y Cande y 
Nico lo habían descubierto del mismo modo que Peter: en clase. La profesora 
Sbaraglia, aprovechando mi obligada presentación, había ido mencionando lo buena estudiante que era, acompañándose de vez en cuando de algún «a ver si aprendéis».
—¿En serio? Vaya, nena, podrías haberlo dicho —dijo Luca acariciando mis 
manos.
Miré a Peter. Por un instante, no vi ni oí nada más. Como si solo estuviéramos él y yo en aquella cafetería. Él deslizó su mirada de mis ojos a mis labios y entrecerró los ojos mientras apretaba la mandíbula. No podía hacerme una idea de qué se le pasaba por la cabeza. Yo solía descifrar a las personas enseguida, pero Peter se me escapaba. Me contemplaba de una forma tan intensa que hasta me costaba respirar.
Me repuse e intenté hacer lo mismo. Observé su cuerpo con parsimonia, como 
él había estado haciendo todo el día conmigo.
Su físico incitaba a todo menos a pensar con cordura, y su rostro… su rostro era 
el que cualquier mujer vería en sus sueños. Era asombrosamente guapo. Efectivamente, 
como cuando éramos pequeños, seguía siendo el más apuesto de los Lanzani… con 

diferencia.
Su cabello era azabache y algunos mechones le caían sobre sus ojos, lo que lejos 
de ocultarlos, todavía los hacía más penetrantes. Su mirada azul zafiro, inmensamente 
brillante, te embrujaba de tal forma que olvidabas todo lo demás. Lo que daba más 
rabia era que sabía utilizarla. Como sabía utilizar sus labios, que reposaban sobre una 
piel pálida, sin ninguna imperfección. Me quedé fascinada por su belleza y por un 
instante (solo un instante) se disipó el odio que me había despertado.
Humedeció sus labios con pausa y volvió a hablar. Aquel momento mágico se 
esfumó.
—Es toda una empollona. —Tocaba mis apuntes. No dejé de mirarlo—. Quién 
lo diría. —Se acercó a mí con la intención de intimidarme. Lo consiguió, pero no lo 
mostré—. En realidad, pareces una de esas modelos frías y vanidosas que se creen 
insuperables físicamente, pero que tienen el cerebro de un pez.
Quería ofenderme y dejarme en ridículo. Yo no entendía por qué. ¿Por qué me 
odiaba de aquella forma? Yo tenía motivos: el sábado casi me mata en aquel maldito 
taxi y estuve en el calabozo cerca de dos horas, pero él… ¿cuáles eran sus razones?
Estaba irritada.
—La belleza no está reñida con la inteligencia. Y yo tengo la suerte de tener 
ambas —le dije casi pegada a su cara. Me mordí el labio sabiendo que él miraba mi 
boca. Por fin le noté algún sentimiento: impotencia y deseo. Sonreí apartándome un 
poco—. Pero hablemos de ti. En tu caso la belleza te ha sido concedida… —Me levanté 
de la mesa con mis apuntes y el café, y añadí—: pero la inteligencia brilla por su 
ausencia.
Sonó el timbre. Peter se levantó con brusquedad y me tiró el café encima. 

Mi camisa quedó empapada.

Capitulo 11


Peter
—¿Me llamabas? —Tomé asiento a su lado con la vista fija en un botón de su 
camisa que andaba suelto. Pude ver el inicio de su pecho.
Laura apareció detrás del cristal que daba al pasillo y me hizo un corte de mangas antes de entrar en su clase.
Ciao, bella, pensé acercándome más a Lali.
—Vete de aquí —masculló con aquellos labios carnosos.
—Es mi clase.
—Vete del pupitre.
—Es mi sitio.
Lali miró a Candela con ojos interrogantes. Nico apareció en ese momento.
—Es cierto, es su sitio —dijo Candela, encogiéndose de hombros.
—Nico, ¿te importa sentarte con Cande? —Ni siquiera le miré, solo tenía ojos para intimidar a Lali.
Estaba comenzando a divertirme.
—¡No! Me sentaré yo con ella. —Se acercó demasiado.
Quiso levantarse, pero se lo impedí coincidiendo con la llegada de la señora 
Sbaraglia, la profesora de biología. Miré a Lali directamente y le guiñe un ojo; 
esperaba que resoplara o que hiciera cualquier gesto de desesperación, pero no hizo nada. Solo me observó fijamente mientras apretaba la mandíbula. Me estaba retando, así que le concedí el placer aceptando el reto con una sonrisa.
—Soy Peter Lanzani. —Me acerqué a ella—. Me alegro de verte.
—Lali Espósito —dijo mirándome a los ojos—. Yo no puedo decir lo mismo.
—Señora Sbaraglia, me alegra informarle —dije con sorna recostándome en el 
asiento— que tenemos una nueva alumna.
Lali frunció los labios antes de enviarle una sonrisa a la profesora.
—¡Oh, sí! —Sonrió Sbaraglia mirando su ficha—. Es cierto.
—Propongo que se presente, ¿qué le parece? —Miré a mi nueva compañera de 
asiento de forma chulesca y comprendí por su gesto que ya me odiaba. ¡Perfecto! Un 
nuevo récord.
—¡Por supuesto! —ratificó la profesora.
Si hay 5 comentarios hago una buena maratón jujuju

martes, 17 de febrero de 2015

Capitulo 10




Lali
El lunes a primera hora me reuní con Martina, Cande y Luca en la entrada del 
San Angelo. En ese colegio iba a cursar el último curso de enseñanza media antes de ir 
a la universidad. Me sorprendió que el edificio fuera tan grande. Incluso tenía 
aparcamiento.
Como bien planeó Gas, mi padre no se había enterado de nada de lo que ocurrió el sábado, así que pude pasar el resto del fin de semana con Martina y sus amigos dando largos paseos por la ciudad y gastando dinero con la tarjeta. Por supuesto, 
fuimos caminando a todas partes. No podía arriesgarme a tener otro tropiezo. Estaba 
segura de que pasaría un tiempo hasta que volviera a coger un taxi.
Cuando se lo expliqué a mis amigos, se partieron de risa. No entendí por qué 
les hizo tanta gracia, la verdad.
Entré en la secretaría. Por su decoración, parecía que estabas en la consulta de 

un médico de pago: sillones oscuros flanqueando una mesa de cristal con un bonito jarrón con flores rojas. No me extrañaría que esos colores estuvieran pensados para que 
combinaran con nuestros uniformes. La pared estaba llena de cuadros de alumnos ya graduados y artículos de periódico.
El San Angelo era la mejor institución educativa de Roma y sus becas eran muy 
sonadas. Había una lista de espera de casi dos años para poder entrar. Algunos, como 
mi padre, se la saltaban utilizando las influencias.
Contemplé mi imagen ataviada con el uniforme en un espejo que colgaba en la 
pared del fondo. La falda de pliegues roja con los típicos cuadrados en amarillo y negro dejaba al descubierto mis rodillas, algo que en mi antiguo uniforme era impensable. De hecho, aquel conjunto era totalmente diferente al del internado. Era atrevido, incluso sexy, y muy rojo. La camisa blanca se ceñía a la cintura, lo que ayudaba a marcar la figura. El polo rojo era algo más holgado y clásico, con el nombre y el escudo del instituto bordado en hilo dorado, como una imagen típica de la realeza. 
Aquel jersey era optativo llevarlo, pero a mi madre no le parecía bien que prescindiera 
de él (me lo quité en cuanto salí de casa). Lo más discreto, por así decirlo, era la corbata 
y las medias que ocultaban parte de mis rodillas y casi se unían a la falda. Y después 
estaban los zapatos, que llevaban algo de tacón siguiendo las normas imperantes. Por 
supuesto, yo me puse unos más altos.
Me acerqué al mostrador, donde una secretaria mordisqueaba un bolígrafo 
entre sorbo y sorbo de su café.
—Buenos días, soy Lali Espósito di Castro.
La secretaria se levantó sonriente y se puso a rebuscar mi matrícula en los 
archivos ordenados alfabéticamente que había tras ella. Extrajo mi carpeta, la abrió y cogió un folio que no tardó en sellar y firmar.
—Bien, estás en Ciencias, ¿verdad? —dijo, mientras se quitaba el bolígrafo de su 
boca.
—Así es.
—Tu clase es cuarto D. Aquí tienes el horario. ¿Quieres que te acompañe?
—No, no se preocupe. Tengo amigas que van a la misma clase. —Desvié la 
mirada hacia la puerta. Me saludaron de forma escandalosa desde fuera.
—Genial. Una chica sociable, me alegro —añadió, entregándome el horario—. 
Bueno, pues que tengas un buen día de clase, Lali.
—Muchas gracias.
—Si necesitas algo, aquí estaré. Por cierto, me llamo Antonieta.
—Estupendo, Antonieta. Buenos días. —Salí de la secretaría mirándome el 
horario.
Compartiría clase con Cande.
—Bueno, ¿cuál es tu clase? —preguntó Luca, expectante, en cuanto abrí la puerta de cristal.
—Cuarto D.
Martina resopló algo decepcionada.
—En fin, nos veremos a la hora del recreo. Mi clase está en el otro extremo del pasillo. La comparto con tu querida prima.
—¡Y conmigo! Que no se te olvide —añadió Luca.
—¿Quién es tu prima? —preguntó, curiosa, Candela.
—Eugenia Espósito.
—¡Joder!
En ese momento, Martina miró por encima de mi hombro. Su cara reflejaba entre fascinación y aturdimiento. Jamás la había visto así.
Un muchacho moreno con ojos azul oscuro se acercó y la saludó fríamente. 
Curiosamente, me recordó al loco del taxi. Debía de estar obsesionada.
—Hola Nico. No me has llamado en todo el fin de semana —dijo Martina dándole un suave beso en los labios.
Sin duda, aquel debía de ser el chico del que tanto me había hablado. No terminaban de ser novios, pero ella tenía interés. Más del que él sugería; parecía aburrido.
El tal Nico me miró y sonrió, pasando de responder a Martina.
—Hola, Lali —dijo arrastrando mi nombre. Sonó sexy.
—¿Y tú eres? —pregunté incrédula.
¿De qué me conocía?
Martina le lanzó una mirada asesina. Estaba molesta, lo sabía.
Nico se acercó hasta mí y me dio dos besos.
—Nico Lanzani. Si haces memoria, te acordarás de mí —Sonrió—. Yo y mi 
primo solíamos enterrarte en la arena cuando veraneábamos en Cerdeña. Qué 
tiempos…
Por supuesto que me acordaba. Una vez estuve escupiendo arena durante todo 
el día. Suerte que Gastón y Mauro Lanzani me protegían.
Había cambiado muchísimo, pero seguía siendo muy guapo. Debía de ser el 
gen Lanzani: absolutamente todos los miembros de la familia eran apuestos. Aunque en ocasiones la naturaleza se excedía más con unos que con otros. Recordé a Peter Lanzani. La última vez que lo vi tenía ocho años, pero ya era el más guapo de todos… 

Y también el más travieso.
—¡Vaya, cuánto tiempo! Casi no me acordaba, lo siento —exclamé sonriente 
antes de darle un abrazo. La verdad es que me alegraba mucho de verle.
—Estás perdonada. ¿Cuándo has vuelto?
—El sábado.
—Lo tuyo es suerte, Lali. Al final conocerás a todo el instituto en menos de 
una hora —dijo sonriente Candela—. ¿Qué pasa, Nico? ¿A mí no me saludas?
Nico fue a por ella a la vez que Luca le daba un codazo simulando estar cabreado.
—Para ti también hay, guapita.
—No me llames así. —Luca fingió molestarse. —Seré gay, pero me gusta mi 
nombre.
El timbre interrumpió nuestra conversación, lo que hizo que también me fijara en que Martina se había quedado un poco apartada y nos miraba con los brazos cruzados sobre el pecho. Ahora sí que estaba enfadadísima. Me pregunté si me echaría a mí la culpa.
Se despidió de mí con un gruñido nada más llegar al segundo piso, y se alejó caminando aprisa mientras Luca le gritaba que esperara.
Miré a Candela, desconcertada.
—Es por Nico. Él no le hace mucho caso —explicó antes de cogerme del brazo 
y comenzar a caminar—. Pero no te preocupes. Venga, que te pondré al día.
Comenzó a señalar a diversas personas con las que nos íbamos cruzando por el 
pasillo; me decía sus nombres y cómo eran. En ese momento mi prima pasó justo a 
nuestro lado.
—Dios las cría y ellas se juntan —dijo escondiéndose detrás de mi hombro.
Candela quiso hablar, pero la interrumpí.
—¿Es por eso por lo que somos primas, Euge? —dije dándome la vuelta y cruzando los brazos.
Me miró de arriba abajo y salió disparada.
—Creo que he encontrado mi alma gemela. Con la diferencia de que tú eres sexy de natural y yo tengo que luchar por serlo. —Candela meneó la cabeza de un lado 
a otro.
—No desesperes.
—Lo intentaré. —Reímos antes de que prosiguiera con sus fugaces y agudos 
retratos—. Esa es Nikki Gilardino, y la larguirucha es Mía Fiorentini. Son las secuaces de tu primita. Igual de zorras, créeme.
—No creía que nadie pudiera igualarla —dije.

Candela soltó una carcajada.
Nikki era una morena bajita y peripuesta, pero la llamativa (si se le puede 
llamar así) era Mía, una pelirroja estirada que enseguida me recordó a una llama.
—Y esa que está apoyada en la pared es Laura. —Candela se acercó a mí para 
susurrarme—: No te fíes de ella, es una chismosa. También es la encargada del 
periódico de la escuela.
Era una chica rubia y bastante atractiva. De lejos se podía confundir con una 
Barbie en edición limitada… no por prestigiosa, sino por lo pronto que se hartarían de ella.
Con el dedo índice se enroscaba un mechón de su cabello mientras coqueteaba 
con un chico de cuerpo perfecto. Me recreé en mirarle. Nadie llevaba el uniforme como 
él: desenfadado, pero elegante. Era desgarbado y alto, de espalda ancha y marcada. 
Solo la visión de sus hombros ya incitaba a fantasear. De cintura para abajo…, aparté la 
mirada. Se me estaba yendo la olla. Me imaginaba qué haría si estuviese en la posición de Laura; para empezar, no entrar en clase.
El chico tenía un brazo apoyado en el marco de la puerta de mi clase y susurraba algo a Laura con sensualidad mientras deslizaba sus labios por la mejilla de la chica.
Candela solo me había ido informando sobre las chicas, así que decidí 
preguntarle por el sector masculino del colegio. Pero cuando iba a hacerlo, ya en la 
entrada de la clase, me topé con su rostro.
El muchacho que coqueteaba con Laura ¡era el mismísimo loco del taxi! Me sobresalté tanto que choqué con el marco de la puerta. Él me miró por encima de su brazo y me sonrió de una forma tan sensual que por un momento me quedé embobada mirando su boca. Reaccioné enseguida poniendo cara de asco para disimular. Él sonrió más.
—¡Tú! —susurré impactada.
—Hola, Lali. —El tono de su voz me recordó al de Nico—. Debo decir que el uniforme te queda de escándalo.
—Cállate —interrumpió Candela tapándole la boca. Sonrió mientras lo hacía.
Entré con ella en clase y caminé hacia el pupitre del final casi sin darme cuenta.
—¿Estás bien? —preguntó Candela.
—¡Ese de ahí es el capullo que robó el taxi! —dije exaltada, señalándole.
Venía hacia mí mientras yo tomaba asiento.
—¿Peter Lanzani? ¡Lo sabía! —Cande chasqueó los dedos.

—¡¿Peter Lanzani?!
Subí cap, ahora empieza lo bueno. Si no hay apenas comentarios dejaré de subir.Lo siento ;(

lunes, 16 de febrero de 2015

Capitulo 9


Peter
Usher sonaba con la canción Trading Places mientras me acomodaba en el
Bentley de Gastón. Ya sabía que Nico, Vico y Stefano estaban a salvo en mi casa, y que mi padre esperaba a que llegara. Me aguardaba una buena bronca y, en realidad, con motivos. Era la cuarta vez que visitaba los calabozos de la comisaría de Trevi en lo que iba de año. Y tan solo habían pasado ocho días desde Nochevieja.
—¿Sabes a quién has arrastrado contigo a comisaría? —me preguntó Gaston aparentando seriedad, pero conteniendo una sonrisa.
Gas sabía el motivo de mi detención y opinaba que debía haber sido más
duro con Franco.
—A una tía que estaba buenísima —recordé sus largas piernas—. En serio,
Gastón, si la hubieses visto, hasta tú te hubieses quedado aluciando.
Soltó una carcajada.
—Ya veo. En realidad, sí, era muy guapa.
—¿Pudiste verla? —pregunté extrañado.
—La saqué del calabozo, Peter.
—¿Cómo? —Ahora estaba todavía más perdido.
Detuvo el coche frente al garaje del edificio Lanzani. Cogió un pequeño
mando, lo sacó por la ventanilla y pulsó el botón. La puerta comenzó a elevarse y
Enrico aprovechó para mirarme.
—Esa «tía» que estaba buenísima era Lali Espósito.
Si esperaba sorprenderme, lo consiguió. Le miré boquiabierto y con los ojos desencajados. Joder, si Angelo se enterase de que su hija pequeña había estado en el
calabozo por mi culpa, me mataría.
«Con la de coches que había en la Via del Corso, y tuve que coger el taxi que
llevaba a Lali», pensé.
—¿Lo sabe Angelo? —pregunté temeroso.

—No, pero lo sabe Silvano.
—¡Es increíble, Peter! Sabes que no puedes ir por ahí pegándote con el grupito de Franco. No dejas de estar en boca de todos y eso nos traerá problemas —dijo mi padre, alterado pero intentando no gritar para no despertar a mi madre y a mis
hermanos mayores—. Encima, has metido a Lali Espósito de por medio. ¿Sabes que
hará la prensa si se entera? ¡Jesús!
Sentado en un sillón, observaba cómo mi padre caminaba de un lado a otro
fumando sin parar.
—Lo siento, tío Silvano. No volverá a ocurrir —dijo Nico poniendo cara de no
haber roto un plato en su vida.
—Tú a callar, ya te hemos calado —dijo su padre, mi tío Alessio—. Y vosotros…
—Miró a Vico y a Stefano— ¿Le disteis duro? —Les guiñó un ojo.
Todos nos miramos algo confundidos, pero terminamos riendo.
Estuvimos cerca de una hora comentando la pelea. Incluso Stefano la representó en
el centro del salón. Lo que comenzó como una reprimenda, terminó como una reunión
de colegas que se explican unos a otros sus batallitas.
Sin embargo, durante todo ese tiempo mi mente no estaba en aquel salón, sino
en una chica de deslumbrantes ojos grises.

domingo, 15 de febrero de 2015

Capitulo 8

Lali
Mi compañera de celda se sentó justo a mi lado y me observó con… ¿avidez?
Rezaba para que Gastón llegara cuanto antes. Ya le había llamado y me había dicho que no tardaría. La verdad es que parecía bastante tranquilo, como si ya supiera lo quehabía ocurrido. Al niñato chulo se lo habían llevado a otra celda, así que no sabía si había hecho su llamada ni si le dejarían salir pronto. Esperaba que no, y que se
pudriera allí dentro.
Aquella mujer tan desagradable comenzó a invadir mi espacio vital
abalanzándose sobre mí lentamente.
—¿No sería mejor que habláramos un rato? Tu y yo podríamos ser amigas.
No, no seríamos amigas nunca.
Su boca dibujó algo parecido a una sonrisa. De repente, estampó su nariz en mi
mejilla e inhaló mi aroma ruidosamente. Me quedé quieta, con los ojos como platos y
sin saber qué hacer.
—Lali Espósito di Castro —llamó justo en ese momento el policía que respondía al nombre de Giorgio.
Me levanté ipso facto y me lancé a los barrotes entre los que ya veía la
tranquilizadora figura de Gastón.
—¡Gracias al cielo! —exclamé antes de que la puerta se abriera—. Quita de en
medio. —Empujé al policía que me franqueaba la puerta y me tiré al cuello de Gas.
Sus brazos me rodearon suavemente, apretándome contra su cuerpo. Su calor
me calmó… pero solo unos segundos. Cuando volví en mí, me aparté de él y comencé a despotricar.
—Mi primera noche en Roma y acabo aquí por culpa de un capullo que está
loco. Créeme Gastón, temí por mi vida. Deberían encerrarlo en un manicomio.
Comenzó a pegarse con otro tío y me aplastaron. Y minutos antes nos estrellamos
contra un muro. ¡Mira mi ropa!
Extrañamente, Gas parecía divertido. Me cogió de los hombros y me obligó a
mirarle.
—Cálmate Lali, mi amor. No hay de qué preocuparse.
—¿Que no hay de qué preocuparse? ¡Mi padre me matará!
—Angelo cree que duermes en casa de Martina. Ya está todo listo, ella te espera en
su casa.
Volví a abrazarle.
—Eres mi ángel.
En ese momento, la reclusa estiró el brazo, cogió un mechón de mi cabello y
comenzó a olisquearlo entre los barrotes. Giorgio la alejó y a Gas se le dibujó una
sonrisa al ver mi cara de terror.
—Quieta, Rosa —dijo el policía.
—Sácame de aquí ahora mismo —murmuré con voz ahogada.
—Tengo que quedarme, fuera te espera un coche que te llevará a casa de los Stoessel.
Me besó en la frente y me alejé de él a toda prisa sintiendo cómo su mano se
separaba de la mía cuando nuestros brazos ya no podían estirarse más.